Cuando celebro misa de 8 de la mañana en el hospital, acostumbro a ponerme una selección de música. Tiro de Spotify y pongo cerca del micrófono algo de Pergolesi. A veces me voy a la polifonía italiana, cosas de bastante enjundia, todo hay que decirlo. Ahora estoy con la maravillosa Misa Sacra de Schumann, cuyas melodías ponen directamente de rodillas a quienes las oyen. Lo hago porque la música es la expresión artística donde habita lo mejor y más delicado del ser humano, su misteriosa espiritualidad. La verdad es que, a la hora de la elección de las piezas, voy sin patrón definido. Aquello que pueda ayudar a ponerme y a poner a la asamblea en presencia de Dios, pues bienvenido sea. Hoy, de forma imprevista, los conciertos para teclado de Bach han saltado de repente hacia unas improvisaciones de jazz sobre temas del siglo XVII. Ha sido fantástico, porque es un recordatorio de que cada misa que celebramos no es un bloque de mármol guionizado con preguntas, respuestas, fórmulas, coreografía de movimientos, sino también un juego de corazones atentos que van improvisando su manera de estar presentes. Es decir, en el misterio de la Eucaristía el Señor pone de lo suyo y yo de lo mío, no es el seguimiento de un patrón repetitivo. Ninguna conversación de amigos nace de un esquema prefabricado. Sería patético que los amigos fueran a su reunión de incondicionales con un folio de temas y una estructura a seguir. Me gustó la anécdota que leí recientemente en una obra de Julian Barnes. Aparece una noticia en The Guardian sobre los detalles románticos que más les gusta a las mujeres que llevan casadas mucho tiempo. El detalle que se lleva la palma es que él les prepare el baño. Barnes cuenta el relato de un amigo que hizo la prueba. Le preparó el baño a su mujer, pero ella se echó a llorar profundamente decepcionada. Sencillamente porque ella también había leído el artículo y pensó que su marido, como siempre, era incapaz de improvisar algo que de verdad le gustara. Tantos años con él y siempre estaba ?esforzándose por agradarla?, no sabía dejar de esforzarse, su matrimonio había sido un esfuerzo por mantenerse unidos. Qué triste que el Señor nos encuentre en misa con el sobreesfuerzo de ir para agradar. Así no se gestan los amores incondicionales. Hay una frase de hoy en el Evangelio que descuaja montañas de sólo oírla, quizá por la revolución explosiva que supone: ?quien me ha visto a mí, ha visto al Padre?. Es decir, no estamos delante de un icono, ni de la reliquia de un santo medieval, sino del mismo Dios cuya naturaleza es la absoluta misericordia por cada criatura. ¿Cómo vamos a esforzarnos por cuidar las formas, poner buena cara, por prestar una ligera atención? Aquí no hablamos de urbanidad, sino de verdadera pasión, ¿no llamamos Pasión al acontecimiento final de la vida de Nuestro Señor? Y no sólo porque padeció en su carne, sino por su pasión amorosa por el hombre, ?con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer?. El que venga a misa que se abstenga de la inapetencia. ?Quien me ha visto a mí ha visto al Padre?. Deberíamos echarnos a temblar y no ser meras ?víctimas dominicales?, como en su día dijo Emmanuel Mounier, fundador del personalismo. Y el que ama está atento, improvisa, conversa, abandona la rigidez.